jueves, 17 de noviembre de 2011

3/12 Sorteo, Payaso, pelis, armado de máscaras, murga y juegos!! Castelli 2050 a las 16. No te lo pierdas!

HOY AVANT PREMIERE DE "LA APUESTA", cortometraje animado (stop motion) realizado por Brandon de 11 años. Gratis en Será. Castelli 2050 16 hs



HOY AVANT PREMIERE DE 
"LA APUESTA", cortometraje animado 
(stop motion) realizado por Brandon de 11 años. Gratis en Será. Castelli 2050 16 hs








Show del payaso Juan Scazziota
Murga
Sorteo de canasta gigante con productos y camiseta de la selección
Juegos
Feria 
Proyecciones








"Balada para un loco" & "Concierto de violin".

Juan Manuel | Video de Myspace


ver también http://www.myspace.com/scazziota/videos/gira-europea/53209963





ya tenés tu rifa?? conseguila ya que se agotan!

miércoles, 9 de noviembre de 2011

Filosoferá Domingo 13 a las 20 hs






Atención: Cambio de Menú

A pedido del pueblo ofreceremos un menú más a tono con la temática pero tranquilos, no comeremos carne de gorila ni propondremos una alternativa caníbal de "Mano-pan". Nos referimos a la opción gastronómica siempre asociada a lo nacional y popular: el asado.
A no temer los compañeros y compañeras vegetarianas/os, para sus progresistas paladares habrá también verduras asadas.
  











Perón:
Entre la sangre y el tiempo
Lo inconciente y la política.



Prologo a la primera edición.

I
Tiempos de retroceso, tiempos para tomar distancia.
Tiempo para pensar lo que la acción en su urgencia esquivó. Tiempos para traer saberes olvidados, viejos signos animados que vienen desde muy lejos, de hombres que ya son solo polvo-¿polvo enamorado?-, para que a través de ellos, vinculo amoroso que circula en la inmensidad del tiempo, comprendamos el sentido de la propia vida que antes no pudimos ver.
 Maquiavelo para comenzar. El amor por los hombre de su pueblo lo llevo a plantearse el enigma de la dominación. La reflexión política descubrió el lugar donde el terror se presenta como fundamento único de todo poder social, pero también nos mostró allí su lógica y sus límites. Y nos quizo decir que el terror, aun en su contundencia constructiva, encubre un contrapoder mas profundo que los pueblos deben despertar en si mismos para vencer. Y sin embargo los “príncipes” y sus sabios solo siguen reafirmando que Maquiavelo defiende la eficacia del terror y de la astucia- que el nos describe-, pero ocultan la lógica simple que circula en su mensaje. Mas allá del miedo que nos infunden, Maquiavelo nos dice que, para enfrentarlos, debemos primero despojarlo del halo de omnipotencia que les confiere el poder: “no hay milagro alguno en esto, sino que todo es razonable y ordinario”. Solo necesitamos desnudar con una mirada nueva la originaria simplicidad, ahora oscurecida, de los poderosos:
 “no nos deslumbre la antigüedad de su estirpe, de la que la blasonan ante nosotros, porque todos los hombres, habiendo tenido un idéntico principio, son igualmente antiguo, la naturaleza nos a echo a todos de idéntica manera. Si nos quedáramos todos completamente desnudos, veríamos que somos iguales a ellos; que nos vistan a nosotros con sus trajes y a ellos con los nuestro y, sin duda alguna, nosotros pareceremos los nobles y ellos los plebeyos; porque son solo la pobreza y la riqueza los que nos hacen desiguales; me duelo mucho porque veo mucho de vosotros se arrepienten, por motivo de conciencia, de las cosas echas, y quisieran abstenerse de las que vamos a cometer”.
 Quienes desdeñaron el milagro tuvieron que descubrir dentro de si mismos una fuerza mas profunda y poderosa que ningún terror pudiera, a la larga, doblegar. Poder de las fuerzas del pueblo que fueron, son y serán, el fundamento de todo poder, pese a que la astucia y el miedo a la muerte logren por un prolongado momento refrenarlas. Aunque excluido, relegado y empobrecido fue desde su retiro solitario donde lo colectivo del poder del pueblo llego a ser pensado y reafirmado por Maquiavelo. Y pese a que los dominado aun no lo sientan ni lo sepan todavía el siguió alimentando esta verdad profunda desde su soledad en San Casiano.
 Spinosa también. De el se dijo: “cada filosofo tiene dos filosofías, la propia y la de Spinosa”. Su filosofía esta detrás de cada uno de nosotros, nos invita a convertirnos en el lugar donde se elabora, como experiencia de vida, lo que la mera reflexión solo enuncia como saber, y enfrentar entonces el riesgo de un nuevo e ignorado poder. Por eso nos advierte: “Nadie sabe lo que puede un cuerpo” el saber se despliega solo luego de descubrir y ejercer este poder. El poder colectivo se revela desde el propio cuerpo individual amplificado cuando superamos la cerrazón sensible que el terror nos impuso al separarnos de los demás. Y, venciendo la angustia, se extiende hasta rencontrarlo de otro modo:
“Así, nada es mas útil al hombre que el hombre; quiero decir, que nada pueden decir los hombres que sea mejor para la conservación de su ser que el concordar todos en todas las cosas, de suerte que las almas de todos formen como una sola alma, y sus cuerpos como un solo cuerpo…”
 No se trata de un enlace de ideas sino de una concordancia de cuerpos que sienten y piensan. Esta fuerza nueva descubre más profundamente hasta que punto el terror y la salvación religiosa individual era ya un encubrimiento histórico de un contra-poder que despunta desde la corporeidad más íntima. Para comprenderlo había que penetrar ahondando en la formación histórica de su propio cuerpo que el terror trato de limitar. Y mostrar desde allí la complejidad de los métodos de dominación que, bajo la apariencia de unir las almas, separa los cuerpos y le impide conformarse como un solo cuerpo. Solo así pudo Spinoza descubrir el lugar imaginario del poder religioso como poder político, y la razón de su eficacia. Spinoza, el estudiante de Rabi, enfrento por hacerlo el anatema mas temido de la ley:
 “que sea maldito de día y maldito de noche, maldito cuando se acueste y maldito cuando se levante, maldito cuando salga y maldito cuando entre; que Dios no le perdone, que su cólera y su furor se inflame contra este hombre.”

 Pero este hombre maldito, que enfrento la cólera de los hombres que hablaba en nombre de Dios utilizando como recursos del terror, escribió luego “La Ética”, que no mas que un libro. Pero no solo un libro más: “La Ética” de Spinoza es un tratado de insurgencia político-moral. Nos muestra, más allá de las apariencias, donde reside el verdadero poder, desde la sabiduría a un inconsciente de nuestro propio cuerpo. No se trata de sutilezas intelectuales; mas bien el poder despótico, pese a su bárbara apariencia, es también un poder, sutil, racional y astuto, hecho para desviar e impedir el nuestro. Aun la barbarie, es su terror inmisericorde, toca y penetra por efracción la trama compleja de un cuerpo- individual y social- que fue doblegado, aterrorizado ante su fuera. Pero esta trama viva, resistente, preexiste al ejercicio desnudo del poder que la somete, y permanece contenida: esta oculta porque desconocemos nuestro propio poder que, sin embrago, debemos despertar y comprender. Pero yo aun no lo se: “nadie sabe cuanto puede un cuerpo”. Hay un poder del cuerpo que excede todo saber. Sin embrago hay un modo de despertarlo, y Spinoza nos abre el camino para acercarnos a el.
También Carl von Clausewitz, el general intelectual. El debate íntimo de su vida fue al principio solo uno: el origen de su propia sangre. Luchando desde su bastardía innoble por hacer reconocer su rancia estirpe al servicio leal de Federico II, de Prusia, y del ejercito, el, que no llevaba en sus venas-le confesaba a su noble y futura mujer- “ni una sola gota de sangre mentirosa” y que estaba dispuesto, con quien lo pusiera en duda, a “responderle con una espada que nos resguardara de toda humillación” estaba sin embrago corroído por la duda de su nacimiento: ¿era noble o no? para dudar de su nobleza hubiera tenido que acusar abiertamente a su padre, no creer en su palabra, cambiar la suya por la de el.
Pero esta nobleza incierta del origen, su bastardía, se decide y se muestra refulgente de verdad en su teoría de la guerra. Aunque no sin esfuerzo: es primero en la guerra “monista” de la fantasía infantil, pensada paradójicamente como un duelo entre dos combatientes, donde su sangre sin mentira enfrenta a la de su padre y la vence. Pero, reflexionando luego desde la guerra adulta real, lograra superar el despotismo que se prolongo y se le impuso, mas allá de esta ilusión individualista, desde la forma paterna. Es entonces cuando Clausewitz pasa a elaborar, manteniendo su certeza originaria, una estrategia colectiva que reconoce, como fundamento de de todo enfrentamiento político, a las pulsiones “naturales” e invencibles del pueblo. Recién entonces también Clausewitz  descubre el lugar donde reside la verdadera fuerza que los generales no podían ver –el predominio de la moral- y que ningún ejército ofensivo y usurpador podrá nunca vencer –el predominio de la resistencia popular-. Su experiencia primera, la de los poderes contrapuestos –nobles y plebeyos-, enfrentados en la melancólica cifra de su debate interior, se expandió desde allí hasta encontrar por fin del lugar real e histórico donde se elabora la respuesta, aunque leída ahora en otro nivel: en la verdad de los enfrentamientos guerreros, políticos y económicos que solo la fuerza popular puede decidir.
Pero con haber ido muy lejos, Clausewitz no fue más allá. El pueblo en armas, si, pero dominado solo por la alta alcurnia de una dirección política central y por un jefe, cuya alma superior nos habría de guiar: esa fue su ambigüedad. Por eso ese saber que Clausewitz nos aproxima no desborda totalmente la apariencia bajo la cual se encubre  la persistente separación, todavía vigente, entre política y guerra. Solo aborda su eficacia, es cierto, pero sin embargo nos muestra el lugar inequívoca donde la lógica implacable de la guerra tendrá siempre como premisa el poder moral y pulsional del pueblo.
Freud y Marx, por último. Pero entendidos más allá de las lecturas “objetivas”, que cuanto mas presumen de un retorno a las fuentes tanto mas ocultan y cercenan lo fundamental del saber que quisieron transmitirnos. Nos ofrecen un Marx sin sujeto, sin humanismo, sin lugar para la subjetividad, que solo habría formulado una teoría reducida a las relaciones económicas de producción. También, del otro lado, como complemento, nos dan un Freud preocupado solo por el individuo singular, sin historia y sin masas rebeldes, lugar de un deseo abstracto que ninguna historia real engendra, para una pulsión que se detiene, en los limites del propio cuerpo – del otro solo como fantasma, sin ir mas allá-. Pero sin embargo fueron ellos los que, desentrañando la apariencia que el poder disocia, unieron la paz con la guerra, la vida con la muerte social, lo subjetivo con la historia. Nos mostraron, por fin desnudado en nuestro propio tiempo, el secreto cuya revelación es mas temida y odiada por quienes lo ejercen: el velado secreto del poder social.

II

Estamos ahora asimilando la penosa lección de siglos: aprendiendo a saber. Pero entonces el terror antiguo asume otras formas: ellos, los tenebrosos que ejercen impunemente la violencia, también saben o presienten lo que nosotros estamos aprendiendo en carne propia. Pero con saberlo no pueden, lógica de una verdad insoslayable, dejar de torturar y asesinar para reinar. Sin embargo, tarde o temprano van a descubrir que el terror tiene también una lógica implacable. Esa lógica también ellos la sienten, sordamente, porque se inscribe necesariamente en sus acobardados cuerpos. Aunque no lo parezca están sin embargo ya destruidos, penetrados por l propia muerte que han ejercido contra los demás, porque el terror vuelve a emerger, implacable, desde adentro de ellos mismos, sin que la impunidad del triunfo que proclamaron con alborozo lo pueda hacer desaparecer.
Son muchos los compañeros y compatriotas desaparecidos para siempre, es cierto, rostros ya nadie volverá a ver nunca mas, porque la muerte disolvió el último rictus del dolor, como se disolvió en ellos la imagen del asesino que los extermino. Es mucha la carne martirizada donde la furia cobarde, en la clandestinidad subterránea de sus cárceles y cuarteles, se ensaño sabiéndose impune: necesitaron, estos valientes, un recinto erizado de bayonetas y tanques de guerra para encarnizarse contra los cuerpos inermes. Y llamaron “guerra sucia” a este exterminio atroz.
Pero ni aun en la soberbia alcanzada por la euforia instantánea de sus miserables triunfos se saben seguros y triunfadores: el propio terror subsiste, no fue acumulado, se multiplico como un eco infinito en sus propios cuerpos, y decanto como un continuo temblor. En realidad solo esta lógica estricta es la única implacable: la de la vida que vence al terror. Son también los asesinos quienes están profundamente atravesados por el miedo, y la muerte que dieron a los otros penetro, no lo dudemos, cada uno de las fibras de sus propios cuerpos: están macerados de muerte. Y esa propia muerte temida, que expulsaron fuera de si, seguirá carcomiendo la mísera materia que desde ellos se prolonga como carne asesina aun de todo lo que pretenden salvar y acaso amar: están abrazados a la muerte.
No hablamos de remordimiento ni de arrepentimiento ni de culpa. L psicología aquí, estrictamente, no tiene nada que hacer: la lógica que los aferra se sitúa más allá. Sabemos lo que decimos, porque los estamos viendo: sus cuerpos asesinos se prolongan en sus mujeres y en sus hijos, porque sus vidas los condenan para siempre a la miseria de la apariencia espectral: tiñen la muerte y mojan de sangre todo cuanto tocan. La muerte no es para ellos ese futuro temido que todos al fin de la vida humana habremos de encontrar. Para ellos la muerte es siempre actual: esta de cuerpo presente corroyendo hora mismo, a cada instante, lo mas entrañable de sus propios cuerpos: el movimiento de sus vidas esta animado por ese ritmo mortal. Al fin habrán de sentir que el dar la muerte al palpitante cuerpo de los que asesinaron para eludir la propia fue un intento vano: esa muerte permanece, hielo petrificante, en cada fibra del propio y tembloroso cuerpo. La ultima mirada de los moribundos –no lo dudemos- quedo incrustada para siempre en el fondo de sus propios ojos. Y verán en todo lo que miren la presencia silenciosa y tenaz de los asesinados.

III

Nosotros también debemos aprender; mas allá del terror, ya es hora de osar pensar y sentir lo que antes nunca habíamos podido. La sociedad argentina no será nunca más lo que aparenta en su silencio actual: cada uno de nosotros tendrá que elaborar y asimilar el torrente de muerte que anonado y anestesio nuestros sentidos. “nadie sabe cuanto puede un cuerpo”, es cierto, pero si acallamos su dolorosa marca será nuestro poder el que perdemos. Pero ellos, los asesinos, ya lo perdieron: esa es la verdad. Ellos si, aunque no lo sepan, al querer salvarla perdieron ya la vida, la seguirán perdiendo, desflecada en lo que quisieron de cualquier manera evitar. Los signos anunciadores están en camino: comenzaron, queriendo hacerse los fuertes en el plano moral, por reconocer el homicidio clandestino como una necesidad política: pasaron de la hipocresía al cinismo. No saben que la lógica del terror asesino circula lentamente, es cierto, pero por otro canal.
Vidas inficionadas de muerte, que los seguirá corroyendo y disolviendo desde adentro, carroñas ya pese a sus rostros apiedrados de vencedores ¿sabrán nunca, acaso, la dimensión de la propia miseria que evidencian en cada gesto? ¿Podrán acaso evitar que, aun en la penumbra de un abrazo amoroso, es espectro de la muerte se prolongue hasta el fondo helado de sus lechos matrimoniales? Jesucristo de yeso copulando en el triste abrazo de la memoria de un amor que nunca mas podrán con nadie sentir, espectros hediondos que se abrazan cuando estrechan a sus hijos, muerte y terror que se prolongar en los vientres de sus mujeres y de sus hijas, son de el fantasma del terror paterno seguirá inseminado y engendrando desde la sangre solo terror, porque es vida, la de ellos, que nutrió y que se nutre de muerte. Es lo que vemos al ver sus rostros, lo que ellos no pueden ver, ese halo que los rodea y los acompaña para siempre, que despierta horror sin piedad al verlos, y que hasta los propios han de ver.
Es la muerte la que esta realmente en ellos, no la que les atribuimos solamente. Esta muerte no necesita de testigos ni de testimonios porque esta presente dentro de ellos mismos, de interior a interior. Muerte que se muestra en los rictus de sus músculos que no se distienden, carne tumefacta que el uniforme o la sotana ciñe, rostros rígidos que la muerte define en cada rasgo y dibuja con su cincel las marcas del terror que vive en ellos, la vergüenza de ser que ellos ya no sienten. Hay sentimientos inconscientes, nos enseño Freud.

IV

 Una vez mas: son estos problemas del pode político los que la reflexión muestra, pero que el psicoanálisis convencional encubrió como si se tratara solo de enfermedad individual. En cambio, nosotros terror mediante, ya lo sabemos: el problema de esta locura es un problema social. Trataron de impedir que los hombres accedieran colectivamente a la verdad del poder de sus cuerpos ahora separados, diseminados por la amenaza de muerte. Y esto es la tortura y el asesinato aplicados como pedagogía política: dislocan el cuerpo, lo desnudan, penetran en el para disolverlo; lo laceran, pirograban en su carne la marca inmisericorde de su poder. Violan el cuerpo, lo dislocan y lo desgarran para que el sufrimiento atroz introduzca la presencia real de la muerte que la mera amenaza, en la paz política, no alcanzo a será interiorizada para evitar la acción.
Pero la tortura, ya lo vimos, tiene doble faz: graba su anverso también en ellos, la del propio terror y de la propia cobardía que par siempre los ha de acompañar. ¿el asesinato masivo no significo acaso el reconocimiento de la propia impotencia para marcar y doblegar? ¿Qué nos muestra sino lo que más temen: la fuerza de los hombres que no ceden su resistencia? Esa es la evidencia última que no pueden soportar. El terror cuanta solo con lo inmediato de su ejercicio: no puede ver más allá. Su aplicación sabia, calculada y científica, no destruye su ceguera. Este sistema esta, como quienes lo sostienen, inficionado de muerte, porque es la muerte quien lo guía en su devoración de la vida ajena.
En verdad solo se dan respiros históricos para poder vivir ¿vivir que? En lo imaginario del poder real, pese a todo su poder. Pero lo que la lógica de Freud y Marx nos muestran, lo que Maquiavelo, Spinoza y Clusewitz nos revelaron, fuel lugar invencible donde reside el poder social. ¿Qué quedara, nos preguntamos, de todos los Videla, los Massera, los Martínez de Hoz y los obispos plaza al cabo de los siglos, frente a ese pequeño y valeroso judío Ámsterdam, sin poder armado, que solo tenia el de su propio e indefenso cuerpo cuya vida la tesis abrevio? Los gusanos de la muerte consumieron su cuerpo, es cierto, pero lo que en el hubo de vida, de poder, subsistió. De el ya sabemos cuanto pudo su cuerpo: que es el único que en el hombre vence a la muerte. De estos otros, en cambio, de estos cuerpos asesinos ¿Qué quedara? Quedara solo la agusanada muerte que los borrara para siempre del recuerdo de los hombres que vencieron el terror. Estrellas de primera magnitud se creen en su fugacidad, pero es la muerte quien los puso en el sitial del máximo encubrimiento, puras apariencias que el tiempo disolverá porque nada de vivo en el mundo los sostiene, salvo la mentida promesa de un dios moribundo que saben también que no es, como ellos mismos ya no son.
Es preciso volver a despertar esta lógica implacable donde se apoya la esperanza de vencer, el optimismote la vida que la miseria del militar cristiano y represor tarta de encubrir. Más allá de la lógica del terror económico, militar y religioso, esta la fuerza real de la vida histórica que quieren encubrir, pero cuya existencia es necesario mostrar que persiste, tozudamente, contra toda apariencia: esta presente, viva aun, en la necesidad misma que los lleva a quererla destruir.
Hay una lógica de la guerra, hay una lógica de la economía, hay una lógica de la política como hay una lógica de del amor y de la subjetividad. Y todas ellas dicen lo mismo: el poder no esta donde el terror lo sitúa, pese a que se aprovechen momentáneamente de el. Porque al mismo tiempo no pueden evitar que esa fuerza colectiva subsista como fondo de una dialéctica mas profunda y corporal que el poder despótico podrá reprimir pero nunca anular. Lograr que esa esperanza, como una llamita tenue, amanezca e nuevo entre nosotros, es lo que se propone este libro, sin humildad.
                                                                       Caracas, diciembre 31 de 1979

Prologo de la segunda edición

Este libro no narra la “historia” de peronismo. O lo intenta comprender que significo su creación social –la aparición, extendida desde el campo militar, de una nueva forma de dominación política, cuyas consecuencias deben ser leídas no solo en la reorganización de las formas sociales colectivas sino sobre todo en la configuración subjetiva de sus adeptos-. Tratamos de explicarnos aquí la estrategia con la cual se logro realizar, a través del modelo humano de su líder, la expropiación política del poder popular diseminado, unificándolo en beneficio de las clases dominantes.
Quisimos ir mas allá de la apariencia inmediata en la que nos sumerge el simplismo de las adhesiones inocentes que, con argumentos económicos o real-políticos, expresan el fervor de un populismo pueril, incluidas las de izquierda. Para ellos nos fue necesario construir primero un marco teórico que nos permitiera comprender esa estrategia política encubierta. Porque al penetrar astutamente los estratos más profundos de la subjetividad, el peronismo produjo esa apariencia de rebeldía popular que, por momentos, alentó heroicos intentos por asentar en ella los fundamentos de una “revolución” armada. Rebelión incitada en momentos de desesperación y de fracaso por su exiliado líder, desalentada luego por el mismo y reprimida al final con saña feroz desde sus propias filas. Allí dejaron sus vidas heroicamente muchos de nuestros mejores hombres y mujeres.
Había que ir poniendo de relieve la compleja urdimbre del fenómeno social peronista y la reorganización imaginaria de quienes quedaron cautivados –y cautivos- en ese movimiento. Pues esta estrategia política, ampliando la lógica primera del militar Perón, y extendiéndola desde el cuartel a la población civil, organizo en su momento funcional el corazón y la cabeza de los grandes colectivos populares. Teníamos que explicar que transacción inconfesable realizo el poder con sus astucias políticas, que se le expropio a los trabadores mientras se les concedía con los dineros del Estado, pero como si fuera una dadiva personal –Evita mediante- los “beneficios sociales”.
Este marco comprensivo, para responder a nuestra pregunta, debía abarcar y desbrozar los intricados procesos que están presentes en los fenómenos colectivos. Pero era necesario también profundizar la lógica que organizo la subjetividad de los adeptos sobre el fondo de esos dos extremos que, con la opción de “sangre o tiempo” que Perón nos planteo, el terror militar abrió en la sociedad: la “política”, considerada como el tiempo de una tregua que el poder represivo nos concede; o la “guerra, que agigantando la videncia emerge enunciando el momento de la sangre, como un enfrentamiento disimétrico y mortal contra los opositores de la “paz” política que no había logrado derrotar.
Así la política y la guerra no son sino dos modalidades de una única y misma finalidad común: el dominio de la voluntad popular; considerada como el enemigo a sojuzgar. Su ustedes quieren, se trataba de dar cuenta en este ensayo de ese interrogante interminable que la sociología habitualmente oculta con las expresiones de “populismo”, “fascismo”, “demagogia”, etc., pero que la reflexión mas directa plantea en términos mas simples, para el caso en el “Discurso” de La Boetie: “¿Por qué los hombres anhelan la servidumbre?” pero también, para ampliar esta expresión que naturaliza en exceso ese anhelo histórico, contestar la misma pregunta desde los discursos de Perón, que promueven concientemente la servidumbre:¿Cómo el poder estatal peronista preparo y transformo la subjetividad ciudadana para que ese deseo político y económico de dominio se cumpla sobre el fondo amenazante de la sangre?
En esta nueva edición optamos por dividir el texto original en dos tomos. El primero, que requiere un lectura más atenta, mas “teórica” podríamos decir, desarrolla el marco conceptual –Freud, Clausewitz- que nos sirvió para la interpretación posterior de los textos del militar-político Perón. Este esquematismo teórico no responde a ningún pundonor académico y manos a una pretenciosa lucubración intelectual; resulto necesario para construir una referencia conceptual que nos llevara mas allá de lo superficial y engañosa percepción inmediata, modalidad habitual de la acción política, aun practicada por intelectuales.
En el segundo tomo, aplicamos esa “ampliación” teórica al hecho social, tratamos de comprender el transito astuto del hombre de armas, el militar Perón –“la guerra que oculta la política”-, y explicarnos el “justicialismo” desde la figura y la obra de su lider según sus propios textos.
Agotada quedo la primera edición de este ensayo, en medio de una penuria critica generalizada, en un país plagado de psicoanalistas – y encima “progresistas”- sin haber logrado que alguno de ellos al menos, tan politizados antes, se interesara por “lo inconsciente en la política” que el libro desarrolla. Sin haber encontrado tampoco eco, ni la mas mínima critica (lo cual es aun peor) en ninguna de las múltiples variantes el peronismo “de izquierda”, ni tampoco en los intelectuales que apoyaron o criticaron al peronismo desde el progresismo marxista. Quizás recién ahora estén dadas en el país las condiciones para considerar en serio esa experiencia social. Pero sobre todo para sacar las consecuencias políticas que el peronismo produjo en la izquierda.
Empecinados, repetimos esta edición renovando la esperanza que teníamos en el momento en que fue escrita.  



 


Texto para el que tenga ganas de seguirla...

patologías de la hiper-expresión

Malestar y represión
El pensamiento antiautoritario del siglo XX estuvo directa o indirec-tamente influido por el concepto freudiano de represión, del que se
ocupa en su escrito El malestar en la cultura.
“En este punto debería imponérsenos, por primera vez,
la semejanza del proceso de la cultura con el del desarrollo
libidinal del individuo. Otras pulsiones son movidas a des-plazar las condiciones de su satisfacción, a dirigirse a otros
caminos,  lo  cual  en  la  mayoría  de  los  casos  coincide  con
la sublimación (de las metas pulsionales) que nos es bien
conocida,  aunque  en  otros  casos  puede  separarse  de  ella.
(...) Por último y en tercer lugar –y esto parece lo más im-portante–, no puede soslayarse la medida en que la cultura
se edifica sobre la renuncia de lo pulsional, el alto grado en
que se basa, precisamente, en la no satisfacción (mediante
sofocación, represión, ¿o qué otra cosa?) de poderosas pul-siones. Esta “denegación cultural” gobierna el vasto ámbito
de vínculos sociales entre los hombres; ya sabemos que ésta
es la causa de la hostilidad contra la que se ven precisadas
a luchar todas las culturas”.1
Así,  pues,  Freud  considera  la  represión  como  un  rasgo  inelimi-nable y constitutivo de la relación social. En la parte central del siglo
XX,  entre  los  años  30  y  60,  el  pensamiento  crítico  europeo  se  pre-gunta por la relación entre la dimensión antropológica de la aliena-ción y la dimensión histórica de la liberación. El punto de vista que
Sartre expone en Critique de la raison dialectique (1964), directamente
influido por el pensamiento freudiano, reconoce el carácter antropo-lógicamente  constitutivo,  y  por  tanto  ineliminable,  de  la  alienación.
Por el contrario, el pensamiento marxista en su variante historicista y
dialéctica considera la alienación como un fenómeno históricamente
determinado y, por tanto, superable por medio de la abolición de la
relaciones sociales capitalistas.
En su ensayo de 1929 Freud anticipa las líneas de esta discusión,
al criticar la ingenuidad del pensamiento dialéctico:
“Los comunistas creen haber hallado el camino para la re-dención del mal. El ser humano es íntegramente bueno, rebo-sa  de  benevolencia  hacia  sus  prójimos,  pero  la  institución  de
la propiedad privada ha corrompido su naturaleza. (...) Si se
cancela  la  propiedad  privada,  si  todos  los  bienes  se  declaran
comunes y se permite participar en su goce a todos los seres hu-manos, desaparecerán la malevolencia y la enemistad entre los
hombres. (...) No es de mi incumbencia la crítica económica al
sistema comunista; no puedo indagar si la abolición de la pro-piedad privada es oportuna y ventajosa. Pero puedo discernir
su premisa psicológica como una vana ilusión”.2
Pero no me interesa aquí reabrir la discusión entre historicismo
y existencialismo, o entre marxismo y psicoanálisis, tarea que corresponde a los historiadores de la filosofía del siglo XX. Lo que me inte-resa es señalar la existencia de una problemática filosófica común, de
una premisa analítica compartida, consistente en la identificación de
la civilización moderna como un sistema basado en la represión.
Para Freud, el capitalismo moderno, como todo sistema cultural,
se funda en una necesaria supresión de la libido individual y en una
organización sublimante de la libido colectiva. Esta intuición aparece
formulada de diversos modos por la filosofía del siglo XX.
Desde el ámbito del psicoanálisis freudiano este malestar es cons-titutivo e insuperable, y la terapia psicoanalítica se propone curar, por
medio  del  lenguaje  y  de  la  anamnesis,  las  formas  neuróticas  en  las
que  dicho  malestar  se  manifiesta  en  nosotros.  La  cultura  filosófica
de  inspiración  existencialista  comparte  la  convicción  freudiana  que
sostiene  que  la  alienación  constitutiva  y  la  represión  de  la  pulsión
libidinal son insuperables.
Por el contrario, en el ámbito del pensamiento marxista y antiau-toritario  la  represión  es  considerada  como  una  forma  socialmente
determinada que puede ser eliminada por medio de la acción social,
liberando  con  ello  las  energías  productivas  y  de  deseo  que  el  movi-miento real de la sociedad contiene.
En todo caso, en ambas visiones filosóficas la represión juega un
papel fundamental. El concepto sirve para explicar las patologías neu-róticas  de  las  que  se  ocupa  la  terapia  psicoanalítica  y  también  para
explicar la contradicción social capitalista que los movimientos revo-lucionarios  quieren  abolir  para  hacer  posible  una  superación  de  la
explotación y de la propia alienación.
“... no puede soslayarse la medida en que la cultura se edi-fica sobre la renuncia de lo pulsional, el alto grado en que se
basa,  precisamente,  en  la  no  satisfacción  (mediante  sofoca-ción, represión, ¿o qué otra cosa?) de poderosas pulsiones”.
En los años 60 y 70, el concepto de represión subyace a todos los
discursos políticos inspirados en el deseo. El valor político del deseo
se presenta en oposición a los dispositivos de represión. Esta concep-
ción  ha  acabado  por  mostrarse  como  una  trampa  conceptual  y  una
trampa  política.  Por  ejemplo,  cuando  durante  el  77  italiano  (tras  la
oleada de detenciones que siguió a la insurrección de febrero y marzo)
el movimiento decidió alertarse sobre el asunto de la represión, por
medio del encuentro de Bolonia de septiembre. Tal vez fue un error
de concepto: al elegir el asunto de la represión como eje del discurso,
entramos de lleno en la máquina narrativa del poder y perdimos así la
capacidad de imaginar formas de vida asimétricas en relación con el
poder y, por ello, independientes.
Pero  a  finales  del  siglo  XX  toda  la  problemática  de  la  represión
parece disolverse y salir de escena.
Las patologías que dominan la escena de nuestro tiempo no son
ya, en realidad, las patologías neuróticas producidas por la represión
de la libido, sino más bien las patologías esquizoides producidas por
el estallido expresivo del just do it.

estructura y deseo
El pensamiento antiautoritario de los años 70 se movía en la esfera
conceptual  freudiana,  aunque  ampliase  y  desbordase  su  horizonte
histórico. En Eros y civilización, Marcuse proclamaba la actualidad de
una liberación del eros colectivo. La represión comprime las potencia-lidades de la tecnología y del saber e impide su pleno desarrollo, pero
la subjetividad crítica desarrolla su acción precisamente al hacer posi-ble la plena expresión de las potencialidades libidinales y productivas
de la sociedad y crea, de ese modo, las condiciones de una realización
plena del principio del placer.
El análisis de la sociedad moderna se mezcla con la descripción de
los dispositivos disciplinarios que modelan de forma represiva las ins-tituciones sociales y el discurso público. La reciente publicación de los
seminarios de 1979 (en especial del seminario dedicado al nacimien-to de la biopolítica) nos obligan a desplazar el centro de gravedad del
pensamiento foucaultiano desde el disciplinamiento represivo hacia la
creación  de  dispositivos  de  control  biopolítico,  pero  en  sus  obras  dedicadas a la genealogía de la modernidad (en especial la Historia de la
locura, El nacimiento de la clínica y Vigilar y castigar) Foucault se mueve, a su modo, en el ámbito del paradigma “represivo”.
A pesar del abandono del campo freudiano que se manifiesta ple-namente  en  El  Anti-Edipo,  también  Deleuze  y  Guattari  se  mueven
dentro del campo problemático delimitado por Freud en El malestar
en la cultura en 1929: el deseo es la fuerza motriz del movimiento que
atraviesa la sociedad tanto como el recorrido de la singularidad, pero
la creatividad deseante debe vérselas continuamente con las máqui-nas de guerra de tipo represivo que la sociedad capitalista hace llegar
a cada nicho de la existencia y del imaginario. El concepto de deseo
no puede ser reducido a una lectura en clave “represiva”. En El Anti-Edipo, el concepto de deseo se contrapone al de carencia. El campo de
la carencia, en el que floreció la filosofía dialéctica y sobre el que la
filosofía política del siglo XX construyó su fortuna y su infortunio, es
el campo de la dependencia no el de la autonomía. La carencia es un
producto determinado por el régimen de la economía, la religión y la

dominación psiquiátrica.
Los  procesos  de  subjetivación  erótica  y  política  tienen  que  fun-darse  sobre  el  deseo  como  creación  y  no  como  carencia.  Deleuze  y
Guattari nos permiten comprender que la represión no es más que
una  proyección  del  deseo.  El  deseo  no  es  manifestación  de  una  es-tructura sino la posibilidad de crear mil estructuras. El deseo puede
cristalizar estructuras y transformarlas en reiteraciones obsesivas. El
deseo construye las trampas que atrapan al deseo.
Sin  embargo,  en  el  dispositivo  analítico  que  nace  de  la  genealogía
foucaultiana  y  del  creacionismo  deleuze-guattariano  prevalece  una  vi-sión de la subjetividad como fuerza en la que reemerge el deseo supri-mido contra la sublimación represiva social. Una visión antirrepresiva
o, si se prefiere, una visión expresiva. La relación entre estructura y de-seo  es  el  punto  de  inflexión  que  saca  al  pensamiento esquizoanalítico guattariano de la órbita del freudismo lacaniano. El deseo no puede ser comprendido a partir de la estructura, como una variación posible que deriva del matema psíquico. El deseo creativo produce infinitas estructuras y, entre ellas, las que sirven de dispositivos de represión.

en la esfera del semiocapital
Para  salir  del  marco  freudiano  debemos  fijarnos  en  la  posición  de
Jean  Baudrillard,  cuyo  pensamiento  nos  aparecía  en  aquellos  años
como un pensamiento disuasivo.
Jean Baudrillard diseña otro panorama. En sus obras de principios
de los 70 (El sistema de los objetos, La sociedad de consumo, Réquiem por los medios y, por último, Olvidar a Foucault) Baudrillard sostiene que la ideología de la liberación corresponde al pleno dominio de las mercan-cías y que la nueva dimensión imaginaria no es la de la represión sino la de la simulación, la de la proliferación de simulacros y la seducción. Baudrillard señaló que el exceso expresivo es el núcleo central de

la sobredosis de realidad.
“Lo  real  crece  como  el  desierto.  La  ilusión,  el  sueño,  la
pasión, la locura, la droga, pero también el artificio, el simu-lacro: ésos son los predadores naturales de la realidad. Todo
ello ha perdido gran parte de su energía como si hubiese su-frido una enfermedad incurable”.3
Baudrillard anticipa una tendencia que a lo largo de estos últimos
decenios ha acabado por prevalecer: en su análisis la simulación mo-difica la relación entre sujeto y objeto, constriñendo al sujeto a la po-sición subordinada de quien cae en la seducción. El actor es el objeto,
no el sujeto. Con ello se disuelve toda la problemática de la alienación
y de la represión, y del malestar que deriva de ellos.
En un escrito de sus últimos años (el muy citado texto sobre so-ciedades  disciplinarias  y  sociedades  de  control)  Deleuze  parece  po-ner en cuestión la arquitectura que deriva de la noción foucaultiana
de disciplina y parece ir en la dirección en la que Baudrillard siguió
desde los primeros años 70. Pero lo que me interesa no es tanto una
comparación entre pensamiento de la simulación y pensamiento del
deseo (que valdrá la pena profundizar en otro momento). Lo que me
interesa  es  el  escenario  psicopatológico  que  está  emergiendo  en  los
años  en  los  que  la  sociedad  industrial  llega  a  su  fin  y  deja  paso  al
semiocapitalismo, es decir, al capitalismo fundado en el trabajo inmaterial y en la explosión de la infósfera.
La sobreproducción es un rasgo característico inherente al capitalismo, porque la producción de mercancías no responde a la lógica de la
necesidad concreta de los seres humanos sino a la lógica abstracta de
la producción de valor. En el semiocapitalismo la sobreproducción es
sobreproducción semiótica: un exceso infinito de signos que circulan
en la infósfera y que saturan la atención individual y colectiva.
La intuición de Baudrillard ha resultado ser importante a la larga.
La patología que predominará en los tiempos que vienen no nacerá
de la represión sino de la pulsión de expresar, de la obligación ex-presiva generalizada.
Lo que parece que se extiende en la primera generación videoelectró-nica son patologías de la hiper-expresión, no patologías de la represión.
Cuando nos ocupamos del sufrimiento de nuestro tiempo, del ma-lestar de la primera generación conectiva, no nos hallamos en la esfe-ra conceptual descrita por Freud en El malestar en la cultura. La visión
freudiana sitúa la ocultación en la base de la patología. Algo nos es
ocultado, algo desaparece, algo es suprimido. Lo que parece evidente
es que en la base de las patologías hoy no hay una ocultación sino la
hipervisión,  el  exceso  de  visibilidad,  la  explosión  de  la  infósfera,  la
sobrecarga de estímulos info-nerviosos.
La hiperexpresividad y no la represión constituye el contexto tec-nológico  y  antropológico  que  permite  entender  las  psicopatologías
contemporáneas:  trastornos  de  déficit  de  atención,  dislexia,  pánico.
Son  patologías  que  hacen  pensar  en  otro  modo  de  elaboración  del
input  informativo,  pero  que  entre  tanto  se  manifiestan  como  sufri-miento, malestar y marginación.
Tengo  que  decir,  por  si  no  hubiera  quedado  claro,  que  mi  discurso
nada tiene que ver con las prédicas reaccionarias e intolerantes sobre los
males producidos por la llamada permisividad y sobre cuánto bien hacía a las costumbres y al intelecto la represión de los buenos tiempos pasados.

patologías de la expresividad
En su introducción a un libro sobre las formas contemporáneas de la
psicopatología sus editores nos dicen:
“Al escribir este libro hemos querido repensar el binomio
cultura/malestar a la luz de las profundas transformaciones
sociales que han afectado a nuestra vida. Entre ellas, una de
las  más  significativas  es  el  cambio  de  signo  del  imperativo
sostenido por el super-yo social actual en relación con el freu-diano. Mientras que el super-yo freudiano exige la renuncia
pulsional, el super-yo contemporáneo parece situar el impul-so de gozar como un nuevo imperativo social. En efecto, las
formas sintomáticas de malestar de la cultura están hoy en
estrecha relación con el goce, son auténticas prácticas de goce
(perversiones,  toxicomanías,  bulimias,  obesidad,  alcoholis-mo) o manifestaciones de un cierre narcisista del sujeto que
produce un estancamiento del goce en el cuerpo (anorexias,
depresiones, pánico)”.4
La psicopatología social predominante, que para Freud era la neu-rosis que describía como consecuencia de la supresión, es hoy más
bien  la  psicosis,  que  está  cada  vez  más  asociada  a  la  dimensión  del
actuar y del exceso energético e informativo.
En su trabajo esquizoanalítico, Guattari se concentró en la posibilidad
de redefinir todo el campo del psicoanálisis a partir de una redefinición
de la relación entre neurosis y psicosis, y de la centralidad metodológica
y cognoscitiva de la esquizofrenia. Esta redefinición ha tenido un efecto
político potentísimo y ha coincidido con el estallido de los límites neuró-ticos que el capitalismo ponía a la expresión, que encerraban la actividad
en los límites represivos del trabajo y sometían el deseo a la supresión
disciplinaria. Pero la propia presión esquizomorfa de los movimientos
y el propio estallido expresivo de lo social ha traído consigo una meta-morfosis (esquizometamorfosis) de los lenguajes sociales, de las formas
productivas y, en último término, de la explotación capitalista.
Las  psicopatías  que  se  extienden  en  la  vida  cotidiana  de  las  pri-meras generaciones de la era conectiva no son comprensibles desde
el paradigma represivo y disciplinario. No se trata de patologías de la
supresión sino de patologías del just do it.
“Da aquí la centralidad de la psicosis que, a diferencia de
la clínica de la neurosis que es una clínica simbólica en tan-to que se funda en el carácter lingüístico-retórico de la supre-sión y en el fundamento normativo del Edipo, es una clínica
de  lo  real  no  gobernado  por  la  castración  simbólica  y,  por
tanto, más próxima a la verdad de la estructura (lo real del
goce es, de hecho, imposible de simbolizar íntegramente)”.
Y más adelante
“El motivo de la dispersión de la identidad indica la au-sencia de un centro de identificación que permita al sujeto,
como sucede en la neurosis, estructurar un Yo fuerte de con-tornos definidos y con capacidad de integración de las prime-ras relaciones objetuales y de sus identificaciones”.5
Desde  el  punto  de  vista  semiopatológico,  la  esquizofrenia  puede
ser considerada como un exceso del flujo semiótico en relación con la
capacidad de interpretación. Cuando el universo se pone a correr de-masiado rápido y es necesario interpretar demasiados signos, nuestra
mente no logra distinguir las líneas y los puntos que dan forma a las
cosas. Tratamos entonces de captar el sentido por medio de un proce-so de sobreinclusión, extendiendo los límites del significado.
Como escriben Deleuze y Guattari en la conclusión de su último
libro en común:
“Sólo pedimos un poco de orden para protegernos del caos.
Nada es más doloroso y más angustioso que un pensamiento que
huye de sí mismo, de ideas que huyen, que desaparecen apenas
esbozadas, listas ya para el olvido o precipitadas en otras ideas
que no podemos dominar. Son infinitas variaciones cuya apa-rición y desaparición coinciden. Son velocidades infinitas que se
confunden con la inmovilidad de la nada incolora y silenciosa
recorrida pos seres sin naturaleza ni pensamiento”.6
semiótica de la esquizofrenia
Un régimen semiótico puede calificarse de represivo cuando en el mis-mo a cada significante le es atribuido un único significado. Hay quien
no  interpreta  correctamente  los  signos  del  poder,  quien  no  saluda  la
bandera, quien no muestra respeto hacia el superior, quien trasgrede la
ley. Pero el régimen semiótico en el que nos encontramos nosotros, los
habitantes del universo semiocapitalista se caracteriza por el exceso de
velocidad de los significantes, que estimula una especie de hipercinesia
interpretativa. La overinclusion propia de la interpretación esquizofréni-ca se convierte en el modo predominante de navegación en el universo
proliferante de los medios videoelectrónicos.
En el capítulo “Hacia una teoría de la esquizofrenia”, Bateson de-fine así la interpretación esquizofrénica:
“El esquizofrénico manifiesta debilidad en tres áreas de di-cha función: a) tiene dificultad para asignar el modo comunica-tivo correcto a los mensajes que recibe de otras personas; b) tiene
dificultad para asignar el modo comunicativo correcto a aquellos
mensajes que él mismo profiere o emite de manera no verbal; y
c) tiene dificultad para asignar el modo comunicativo correcto a
sus propios pensamientos, sensaciones y percepciones”.7

En la infósfera videoelectrónica todos nos hallamos en las condicio-nes que caracterizan la comunicación esquizofrénica. El receptor hu-mano, expuesto a la sobrecarga de impulsos significantes e incapaz de
elaborar en secuencia el significado de los enunciados y los estímulos,
sufre las tres dificultades de las que habla Bateson. Hay además otra
particularidad del esquizofrénico de la que habla Bateson: la de no ser
capaz de distinguir entre la metáfora y la expresión literal.
“La peculiaridad del esquizofrénico no consiste en que em-plee metáforas, sino en que emplee metáforas no rotuladas”.8
En  el  universo  de  la  simulación  digital  la  metáfora  y  la  cosa  son
cada vez menos distinguibles. La representación ocupa el lugar de la
vida y la vida el de la representación. El flujo semiótico y la circulación
de mercancías calcan sus códigos, y entran a formar parte de la mis-ma constelación que Baudrillard llama hiperreal. Por eso el registro
esquizofrénico  se  convierte  en  el  modo  de  interpretación  predomi-nante. El sistema cognitivo colectivo pierde la competencia crítica que
consistía  en  saber  distinguir  el  valor  de  verdad  o  de  falsedad  de  los
enunciados  que  se  presentaban  en  secuencia  a  su  atención  media-namente despierta. En el universo proliferante de los medios veloces
la interpretación no se realiza a lo largo de líneas de secuencia sino 
siguiendo espirales asociativas y conexiones asignificantes.
la interpretación en una situación de sobrecarga
En un ensayo titulado Learner based listening and technological authen-ticity,9 Richard Robin, un investigador de la George Washington Uni-versity estudia los efectos de la aceleración de la emisión vocal sobre
la  comprensión  de  los  oyentes.  Robin  hace  su  análisis  a  partir  del
cálculo  del  número  de  sílabas  por  segundo  que  pronuncia  el  emi
sor.  Cuanto  más  se  acelera  la  emisión  y  más  sílabas  se  pronuncian
por segundo, menor es la comprensión del significado por parte del
oyente. Cuanto más rápido es el flujo de sílabas por segundo, menor
es el tiempo del que dispone el oyente para elaborar críticamente el
mensaje. La velocidad de emisión y la cantidad de impulsos semióti-cos emitidos por unidad de tiempo determinan el tiempo disponible
para la elaboración consciente por parte del receptor.
“La emisión veloz intimida al oyente (...). Hay pruebas
de que la globalización ha traído consigo ritmos de emisión
más  rápidos  en  partes  del  mundo  en  las  que  los  estilos  de
radio  y  teledifusión  occidentales  han  sustituido  los  estilos
tradicionales basados en la autoridad. En la antigua Unión
Soviética,  por  ejemplo,  la  emisión  medida  en  sílabas  por
segundo  casi  se  ha  doblado  desde  la  caída  del  comunismo,
pasando de tres a seis sílabas por segundo.10 Algunas compa-raciones superficiales en Oriente Medio y en China apuntan
en la misma dirección”.
Esta observación de Robin tiene consecuencias enormemente in-teresantes para comprender el paso de una forma de poder autoritario
de tipo persuasivo (como lo fueron los regímenes totalitarios del siglo
XX)  a  una  forma  de  poder  biopolítico  de  tipo  penetrante  e  invasivo
(como  la  infocracia  contemporánea).  Los  primeros  se  fundan  en  el
consenso: los ciudadanos deben entender bien las razones del Presi-dente, del General, del Führer, del Secretario General, del Caudillo o
del Duce. Sólo hay una única fuente de información autorizada. Las
voces disidentes están sometidas a la censura. El régimen infocrático
del  semiocapital  funda  su  poder  en  la  sobrecarga,  en  la  aceleración
de los flujos semióticos, y hace proliferar las fuentes de información
hasta alcanzar el rumor blanco de lo indistinguible, de lo irrelevante
y de lo indescifrable.
Si  en  la  sociedad  moderna  la  patología  prevaleciente  a  escala
epidémica  era  la  neurosis  producida  por  la  represión,  hoy  las  pa-tologías  de  alcance  epidémico  son  de  carácter  psicótico-pánico.  La
hiperestimulación  de  la  atención  reduce  la  capacidad  de  interpre-tación secuencial crítica y el tiempo disponible para la elaboración
emocional del otro, del cuerpo y del discurso del otro, que trata de
ser comprendido sin lograrlo.


Traducción: Manuel Aguilar Hendrickson
1. Freud, Sigmund, El malestar en la cultura, en Obras completas, Buenos Aires, Amorrortu 1976, volu-men XXI, pp. 95-96.
2. Freud, Sigmund, El malestar... op. cit., pp. 109–110.
3. Baudrillard, Jean, Il patto di lucidità o l’intelligenza del male, Milán, Rafaello Cortina, 2006.
4. Cosenza, Domenico, Recalcati, Massimo y Villa, Angelo, Civiltà e disagio. Forme Contemporanee della
psicopatologia, Milán, Bruno Mondadori, 2006.
5.  Recalcati,  Massimo,  “La  personalità  borderline  e  la  nuova  clinica”,  en  Cosenza,  Recalcati  y  Villa,
op. cit., p. 4.
6. Deleuze , Gilles y Guattari, Félix, ¿Qué es la filosofía?, Barcelona, Anagrama, 1993, pág. 117.
7. Bateson, Gregory, Jackson, Don D., Haley, Jay y Weakland, John H., “Hacia una teoría de la esquizo-frenia”, en Bateson, Gregory, Pasos hacia una ecología de la mente. Una aproximación revolucionaria a la
autocomprensión del hombre, Buenos Aires, Ediciones Carlos Lohlé, 1985, p. 234
-8. Bateson, Gregory, et al., op. cit., p. 235
9. Robin, Richard “Learner based listening and technological authenticity” en Language Learning & Tech-nology, vol. 11, num. 1, febrero 2007, pp. 109–115 (http://llt.msu.edu/vol11num1/robin/default.html).

10. Robin, R., “Russian-language listening comprehension: where are we going? where do we go?”, en . Robin, R., “Russian-language listening comprehension: where are we going? where do we go?”, en
Slavic and East European Journal, 35(3), 1991, 403-410.

viernes, 28 de octubre de 2011

martes, 27 de septiembre de 2011

Presentación Revista ¿Todo Piola? Nº 12. Sábado 1/10 desde 19.30 hs, Morón 2453, Flores.

Filosoferá? Domingo 2 de Octubre, 20 hs

Domingo 2 de octubre...20hs chispearán los carbones
 
Félix Guattari: autogestión y narcicisismo(1968), perteneciente a Psicoanálisis y transversalidad. Se recomienda en el mismo libro, el prefacio "tres problemas de grupo"(está adjuntado también) por Gilles Deleuze...
 
como postre, "Elogio al egoísmo" del amigo Cuakerboy...
 


Autogestión y narcisismo
Félix Guattari

La autogestión como consigna puede servir para cualquier cosa. De Lapassade a De Gaulle, de la CFDT a los anarquistas. ¿Autogestión de qué? Referirse a la autogestión en sí, independientemente del contexto, es una mistificación. Se convierte en algo así como un principio moral, el solemne compromiso de que será en sí mismo, por sí mismo, que se administrará lo que es de sí mismo de tal o cual grupo o empresa. La eficacia de tal consigna depende sin duda de su efecto de autoseducción. La determinación en cada situación del objeto institucional correspondiente, es un criterio que debería permitir clarificar el asunto.
La autogestión de la escuela o la universidad está limitada por su dependencia objetiva del estado, por el modo de financiación, por el compromiso político de los usuarios, etc. No puede ser sino una consigna de agitación transitoria y que en definitiva corre el riesgo de crear bastante confusión si no esta articulada en una perspectiva revolucionaria coherente. La autogestión de una fábrica o de un taller está expuesta también a ser dominada por la ideología reformista psicosociológica, que considera que el dominio “interrelacional” tiene que ser tratado con técnicas de grupo, por ejemplo el training group entre los técnicos, cuadros, patrones (para los obreros, tales técnicas son demasiado “caras”).
Se “impugna”, en lo imaginario, la jerarquía. De hecho, no solamente no se toca nada, sino que se le encuentra un fundamento modernista, se la disfraza con un estilo y una moral rogeriana o con cualquier otra. La aplicación de la autogestión en una empresa implica el control efectivo de la producción y de los programas: de inversiones, de organización del trabajo, de relaciones comerciales, etc. En consecuencia, una comunidad de trabajadores que “optara por una autogestión” en una fábrica tendría que resolver numerosos problemas con el exterior. Lo que sería perdurable y viable sólo si este exterior estuviera también organizado como autogestión. Una sucursal de correos aislada no viviría mucho tiempo con la autogestión y, de hecho, el conjunto de los engranajes productivos se interpenetran a la manera de centrales telefónicas. Las experiencias de autogestión durante las huelgas, el funcionamiento de sectores productivos de una fábrica para responder a las necesidades de los huelguistas, la organización del aprovisionamiento, de la autodefensa, son experiencias indicativas muy importantes. Demuestran las posibilidades de superar los niveles reivindicativos de las luchas. Indican una vía de organización de una sociedad revolucionaria durante un período transitorio. Pero es evidente que no podrían aportar respuestas claras y satisfactorias a los tipos de relaciones de producción, a los tipos de estructuras adaptadas a una sociedad que haya expropiado los poderes económicos y políticos de la burguesía en una economía desarrollada.
El control obrero plantea de hecho problemas políticos fundamentales, puesto que afecta a objetos institucionales que cuestionan la infraestructura económica. Un aula universitaria autogestionada en una solución pedagógica excelente, sin duda alguna. Una rama industrial directamente controlada por los trabajadores plantea inmediatamente todo un conjunto de problemas económicos, políticos y sociales a escala nacional e internacional. Si los trabajadores no se hacen cargo de estos problemas de una forma que supere los marcos burocráticos de los partidos y sindicatos actuales, la autogestión económica pura corre el riesgo de transformarse en un mito y concluir en estancamientos desmovilizadores.
Hablar de autogestión política es igualmente una fórmula que sirve para todo y que además es tramposa. La política es fundamentalmente ajustamiento de un grupo en relación a otros grupos en una perspectiva global, explicitada o no. La autogestión tomada como consigna política no es un fin en sí mismo. El problema consiste en definir, en cada nivel de organización, el tipo de relaciones, de formas que deben alentarse, y el tipo de poder a instituir. La consigna de la autogestión puede convertirse en una pantalla si sustituye masivamente las respuestas diferenciadas por los niveles y los sectores diferentes en función de su complejidad real.
La transformación del poder del estado, la transformación de la administración de una rama industrial, la organización de un aula, la impugnación del sindicalismo burocrático, son cosas totalmente diferentes que tienen que ser consideradas de un modo separado. No sería nada raro que a la consigna de la autogestión, que se reveló justa en las luchas de impugnación de las estructuras burocráticas en el plano universitario, se la apropien los ideólogos y políticos reformistas. No hay una “filosofía general” de la autogestión que la haga aplicable en todas partes y en toda situación, en particular en las que se refieren al establecimiento de un doble poder, de la instauración de un control democrático revolucionario, de una perspectiva de poder obrero, de la aplicación de sistemas de coordinación y regulación entre los diversos sectores de lucha.
Si no se efectúa a tiempo un esclarecimiento del alcance y los límites de la autogestión, esta “consigna” viciará su contenido con concepciones reformistas y será rechazada por los trabajadores en provecho tal vez de otras formulaciones de tipo “centralista democrático”, que rápidamente serán tomadas por la dogmática del movimiento comunista.

8 de junio de 1968

Elogio del Egoísmo
Entrecerré los ojos y lo oí balbucear ante una cámara. Dijo que si algo guiaba su acción –y la de su magno gobierno- era llevar el bienestar a los vecinos.
Es cierto que estamos en época de campaña electoral, pero al pensar en ese muchacho de mala dicción se me ocurrió que lo suyo era un ejemplo de altruismo. Porque –esto hay que decirlo– no cualquiera hace a un lado el cómodo y apoltronado sillón de Director de la empresa de papá, para ponerse al frente de la cruzada por mejorar la vida de los demás. Sin dudas se trataba de un hombre solidario.
Sin embargo, algo me hacía ruido: pasa que la "SOLIDARIDAD" es una bandera de los “progres”, y el hombre en cuestión no es progre sino Pro. Definitivamente algo no andaba bien.
Entonces recordé cómo fue que mi abuelo Wolf me enseñó lo que era la solidaridad.

Yo no tenía más de siete años cuando en su Polonia natal el sindicato de Walesa empezaba a hacer ruido. Si hasta parece que lo veo de pie ante la tele, con el puño en alto y maldiciendo en idish. Como no hace falta saber el idioma para entender una puteada, quise saber qué ponía de malas al bueno de mi abuelo. De puro curioso, o tal vez llamado por el ancestral impulso de aprender de los viejos, se me ocurrió preguntarle qué era la “solidaridad” -ya que era la única palabra en castellano que pronunciaba entre maldición y puteada.
Me miró con sus ojos llenitos y me pidió/ordenó que me sentara y esperara. Lo observé mientras calentaba una cucharita de café en la hornalla de la cocina sin decir una palabra. Después de un rato, y sin romper el silencio, me agarró la mano y apoyó la cucharita en el dorso. Como es por todos sabido, una de las propiedades de los metales es transmitir el calor, de modo que al sentir el dolor de la quemadura me puse a llorar a grito pelado. Para mi sorpresa, en ese mismo momento Don Wolf comenzó a agitar la mano y a gritar que le dolía mientras simulaba llorar. Al ver su pantomima la furia refrenó mis lágrimas y me desató una ira que llegó a la falta de respeto cuando le pregunté por qué fingía si a él no le había pasado nada. Me miró ganador, me perdonó la puteada, y dijo: "estoy siendo solidario con vos".

Supongo que esta historia explica por qué no comparto la idea socialmente aceptada -y ampliamente difundida- sobre las bondades de la solidaridad. Pasa que, donde otros ven abnegación y amor por los demás yo sólo veo hipocresía. Porque, como dolorosamente aprendí, es imposible sentir como propio el dolor ajeno.
Dándoles vueltas al asunto, me pareció encontrar entonces la clave del asunto. Siendo que los destinatarios de la solidaridad son los dolientes, y una de las características definitorias del dolor es su carácter personal e intransferible, me atrevo a afirmar que el altruismo es imposible.
El mejor ejemplo de lo falso que resulta pretender hacerse del dolor del prójimo son los velorios. Cierre los ojos y trate de ver la escena: cuando llegamos al velatorio de alguien que resulta ajeno, uno se acerca al familiar o allegado por el que sentimos la obligación de concurrir a un evento tan repulsivo sin saber qué decir. Esto es así porque no hay nada que decir. Mal que les pese a los exegetas de la solidaridad, aquí como en ninguno otro sitio cuesta ser solidario, y esto porque es evidente que uno no siente ningún dolor, ninguna pérdida. Así y todo, nunca faltan los que lo intentan y gastan frases del tipo “cuanto lo siento”, provocando en el deudo una mirada que esconde un “que mierda vas a sentir vos”.
Más aún, si me detengo a pensarlo con malicia, estoy dispuesto a creer que la sacralización de la solidaridad como una virtud, es una trampa tendida por aquellos que piden a los hombres que actúen como santos, a sabiendas que será un pasaje de ida al pecado que sólo ellos pueden curar. En definitiva, la exigencia de solidaridad no sirve a los que sufren y condena a los que se lo imponen.
Lo dicho hasta aquí podría llevar a algunos a creerme parte del enorme colectivo de desencantados de la política. Lamento desilusionarlos, por el contrario, estoy convencido que la única forma de acceder a la felicidad –fin último de nuestra existencia- es a través de lo político.
Esta certeza resulta de la confianza en que la felicidad de cada quien esta supeditada a la existencia de un marco general de felicidad. O dicho de otra forma, de que resulta imposible ser feliz en un mar de infelicidad.
Luego, se me hace evidente que una sociedad que niega a un importante grupo de sus miembros la satisfacción de sus necesidades más elementales hace imposible dar un marco donde satisfacer el ansia individual de ser feliz, por lo que debe ser radicalmente transformada.
Esta transformación no podría ser llevada a cabo por aquellos que pretendan ser solidarios por las razones ya expuestas. ¿A quienes cabría entonces la grandiosa tarea de transformar la realidad? Sin duda alguna serán los egoístas.
No obstante, el egoísmo ha sido anatemizado como un comportamiento antisocial.
Veamos. Podemos definir al egoísta como aquella persona cuyas acciones se dirigen a lograr y conservar su propia felicidad. De este modo, es evidente que el sentimiento que nos impulsa a la acción cuando somos invadidos por el dolor ajeno no puede ser otro que el egoísmo.
Esto es así por cuanto a la acción de visualizar el dolor del otro le seguirá la correspondiente reacción que, en un primer momento opera al interior de uno mismo en forma de empatía o antipatía ante el traumático encuentro. En cualquiera de los dos casos tal irrupción arrasara con la sensación de felicidad que el sujeto podría estar viviendo.
Dicho esto, debe entenderse que el egoísmo bien entendido es una virtud. Este virtuosismo reside en el inevitable reconocimiento y compromiso con los demás a que se ve obligado el egoísta para garantizar su felicidad.
Tiemblen pues los amos del  mundo ante la perspectiva de una revolución egoísta. Estos no tienen, con ella, nada que perder y tienen, en cambio, un mundo por ganar.
¡Egoístas del Mundo, Uníos!




TRES PROBLEMAS DE GRUPO- Gilles Deleuze


A veces, el militante político y el psicoanalista se dan en la misma persona y, en lugar de permanecer estancos, no dejan de mezclarse, de interferirse, de comunicarse e intercambiarse. Es un acontecimiento bastante infrecuente desde Reich. Pierre-Félix Guattari no se ha preocupado apenas por los problemas de la unidad del Yo. El Yo forma parte, más bien, de aquello que es preciso disolver, bajo el asedio concertado de las fuerzas políticas y de las analíticas. La frase de Guattari «todos somos grupúsculos» nos indica a la perfección su búsqueda de una nueva subjetividad, una subjetividad de grupo, que no puede encerrarse en un todo forzado a reconstruir cuanto antes un Yo o, lo que aún sería peor, un Super-yo, sino que se extiende a varios grupos al mismo tiempo, grupos divisibles, multiplicables, comunicados y siempre revocables. El criterio de un buen grupo es que no sueñe ser el único, inmortal y significante, como una asociación de defensa o de seguridad, como un ministerio de excombatientes, sino que se ramifique en un afuera que le confronte a sus posibilidades de sinsentido, de muerte o de explosión, «en virtud de su misma apertura a los demás grupos”.
El| individuo es, por su parte, un grupo de esta clase. Guattari encarna, de la forma más natural, los dos aspectos del anti-Yo: por una parte, una suerte de roca catatónica, cuerpo ciego y rígido penetrado por la muerte ruando se quita sus gafas; por otra, un brillo de mil fuegos en el cual hormiguean vicias múltiples cada vez que dirige su mirada: actúa, ríe, piensa y ataca. Por eso se llama Pierre y Félix: potencias esquizofrénicas.
En este encuentro del psicoanalista con el militante, se plantean al menos tres clases de problemas: l°) ¿Cómo introducir la política en la práctica y la teoría psicoanalíticas (presuponiendo que, en todo caso, la política esté ya en el propio inconsciente)? 2°) ¿Tiene sentido —y, en caso afirmativo, de que manera— introducir el psicoanálisis en los grupos militantes revolucionarios? 3°) ¿Cómo concebir y formar grupos terapéuticos específicos, cuya influencia afectaría a los grupos políticos y a las estructuras psiquiátricas y psicoanalíticas? Respecto de estas tres clases de problemas, Guattari presenta en este libro algunos artículos, de 1955 a 1970, que indican una evolución con dos grandes hitos: las esperanzas y desilusiones posteriores a la Liberación, y las esperanzas y desilusiones posteriores a Mayo del 68; y, entre ambos, la labor de zapa que preludió Mayo.
En cuanto al primer problema, se verá que Guattari tuvo muy pronto la impresión de que el inconsciente se relaciona directamente con todo un campo social, económico y político, mucho más que con las coordenadas míticas y familiares invocadas tradicionalmente por el psicoanálisis. Se trata de la libido como tal, como esencia del deseo y la sexualidad, que ocupa y desocupa los flujos de todo tipo que recorren el campo social, que los interrumpe, los bloquea, impulsa sus fugas y sus retenciones. Sin duda, no actúa de forma manifiesta, al modo de los intereses objetivos de la conciencia y de los encadenamientos de la causalidad histórica, pero despliega un deseo latente coextensivo al campo social que comporta rupturas de la causalidad, emergencias de singularidades, puntos de detención y de fuga. 1936 no es solamente un acontecimiento de la conciencia histórica, sino también un complejo del inconsciente. Nuestros amores, nuestras opciones sexuales, no derivan tanto de unos míticos Papá-y-Mamá como de lo real-social, son interferencias y efectos de flujos cargados de libido. ¿Con quién no jugamos al amor y la muerte? Guattari puede, por tanto, reprochar al psicoanálisis su modo de eludir sistemáticamente todos los contenidos socio-políiicos del inconsciente, que no obstante determinan realmente los objetos del deseo. El psicoanálisis, dice, parte de una suerte de narcisismo absoluto (Das Ding) y culmina en un ideal de adaptación social que llama curación; pero este trayecto deja siempre en la sombra una constelación social singular que, sin embargo, habría que explorar en lugar de sacrificarla a la invención de un inconsciente simbólico abstracto. Das Ding no es el horizonte recurrente que funda ilusoriamente una personalidad individual, sino un cuerpo social que sirve de base a potencialidades latentes (¿por qué se dan aquí locos y allá revolucionarios?). Más que el padre, la madre o la abuela, importan todos esos personajes que habitan las preguntas fundamentales de la sociedad como lucha de clases de nuestro tiempo. Más que contar cómo un buen día la sociedad griega, gracias a Edipo, «viró la dermorreacción», importa la enorme Spaltung que hoy atraviesa el mundo comunista. ¿Cómo olvidar el papel desempeñado por el Estado en todas las trampas en las que la libido se encuentra atrapada, reducida a ocupar las imágenes intimistas de la familia? ¿Cómo creer que el complejo de castración pueda encontrar alguna vez una solución satisfactoria mientras la sociedad le otorgue una función inconsciente de regulación y represión social? En suma, la relación social no constituye nunca un más allá ni un después de los problemas individuales y familiares. Es incluso curioso hasta qué punto los contenidos sociales, económicos y políticos de la libido se muestran tanto mejor cuando nos hallamos ante síndromes en su aspecto más des-socializado, como en el caso de la psicosis. «Más allá del Yo, el sujeto se encuentra abierto por los cuatro costados al universo histórico, el delirante rompe a hablar lenguas extranjeras, alucina la historia, y los conflictos de clase o las guerras se convierten en instrumentos de su expresión más propia [...] la distinción entre la vida privada y los diversos niveles de la vida social no tiene ya sentido.» (Compárese con Freud, que sólo retiene de la guerra un instinto de muerte indeterminado y un choque no cualificado, un exceso de excitación de tipo «bum-bum».) Restituirle al inconsciente sus perspectivas históricas sobre el fondo de la inquietud y lo desconocido implica una subversión del psicoanálisis, y sin duda un redescubrimiento de la psicosis bajo los oropeles de la neurosis. Pues el psicoanálisis ha unido sus esfuerzos a los de la psiquiatría más tradicional para acallar la voz de los locos que nos hablan esencialmente de política, de economía, de orden y de revolución. En un reciente artículo, Marcel Jaeger muestra que «las conversaciones de los locos no presentan sólo el espesor de sus desórdenes psíquicos individuales, el discurso de la locura se articula con otro discurso, el de la historia política, social, religiosa, que habla en cada uno de ellos. [...] En ciertos casos, la utilización de conceptos políticos provoca un estado de crisis en el enfermo, como si sacase a la luz el nudo de las contradicciones en las cuales el loco está atrapado. [...] No hay lugar del campo social, incluido el manicomio, en donde no se escriba la historia del movimiento obrero».1 Estas formulas expresan la misma orientación que los trabajos de Guattari desde sus primeros artículos, la misma empresa de re-evaluación de la psicosis. 
Vemos cuál es su diferencia con respecto a Reich: no hay una economía libidinal que vendría a prolongar la economía política por otros medios, no hay una represión sexual que interiorice la explotación económica y la sumisión política, sino que el deseo como libido está siempre ya en todas partes, la sexualidad recorre y acompaña todo el campo social, coincidiendo con los flujos que circulan por sus objetos, las personas y los símbolos de un grupo, de los cuales dependen su configuración y su propia constitución. Ese es justamente el carácter latente de la sexualidad del deseo, que solo se hace manifiesto en las elecciones de objetos sexuales y de símbolos (es demasiado obvio que los símbolos son conscientemente sexuales). Por tanto, la economía política en cuanto tal, en cuanto economía de flujos, es inconscientemente libidinal: no hay dos economías, no es que el deseo o la libido sean únicamente la subjetividad de la economía política: «Lo económico es, a fin de cuentas, el resorte mismo de la subjetividad». Esto es lo que expresa la noción de institución, que se define por una subjetividad de los fluidos y de su interrupción en las formas objetivas de un grupo. Las dualidades de lo objetivo y lo subjetivo, de la infraestructura y la superestructura, de la producción y la ideología, se desvanecen para ser sustituidas por la complementariedad estricta del sujeto deseante de la institucion y el objeto institucional (habría que comparar estos análisis institucionales de Guattari con los que hacía Cardan, en la misma época, en Socialisme ou Barbarie, y que se asimilaron bajo la misma y amarga crítica de los trotskistas).2 
El segundo problema, «¿tiene sentido -y cómo- introducir el psicoanálisis en los grupos políticos?», excluye evidentemente toda idea de «aplicación» del psicoanálisis a los fenómenos históricos y sociales. En este tipo de aplicaciones, con Edipo a la cabeza, el psicoanálisis ha acumulado suficientes ridiculos. El problema es completamente distinto: la situación que hace del capitalismo aquello que la revolución debe destruir, pero que también ha hecho de la revolución rusa, de su historia posterior, de la organización de los partidos comunistas y de los sindicatos nacionales otras tantas instancias incapaces de llevar a cabo tal destrucción. A este respecto, el carácter propio del capitalismo, que se presenta como una contradicción entre el desarrollo de las fuerzas productivas y las relaciones de producción, consiste en lo siguiente: el proceso de reproducción del capital, del cual depende el régimen de las fuerzas productivas, es en sí mismo un fenómeno internacional que implica la división mundial del trabajo, pero el capitalismo no puede, sin embargo, romper con los marcos nacionales en el interior de los cuales desarrolla sus relaciones de producción, ni con el Estado como instrumento de revalorización del capital. El internacionalismo del capital se materializa, pues, en estructuras estatales y nacionales que, al mismo tiempo que lo frenan, lo realizan, y que desempeñan el papel de arcaísmos con una función actual. El capitalismo monopolista de Estado, lejos de ser un dato último, es el resultado de un compromiso. En esta «expropiación de los capitalistas en el seno del capital», la burguesía mantiene su plena dominación del aparato de Estado, pero esforzándose cada vez más por institucionalizar e integrar a la clase obrera, de manera que las luchas de clase se hallan descentradas con respecto a los lugares y factores de decisión reales, que remiten a la economía capitalista internacional y desbordan con mucho a los Estados. En virtud del mismo principio, «solamente una pequeña esfera de la producción se inserta en el proceso mundial de reproducción del capital», mientras que el resto están sometidas, en los Estados del tercer mundo, a relaciones precapitalistas (arcaísmos actuales de un segundo tipo).
En esta situación, se constata la complicidad de los partidos comunistas nacionales, que procuran la integración del proletariado en el Estado, hasta el punto de que «los particularismos nacionales de la burguesía son, en buena medida, el resultado de los particularismos nacionales del proletariado mismo, y la división interior de la burguesía expresa la división del proletariado». Por otra parte, incluso si se afirma la necesidad de luchas revolucionarias en el tercer mundo, estas luchas sirven de moneda de cambio de las negociaciones, y subrayan la misma renuncia a una estrategia internacional y a un desarrollo de la lucha de clases en los países capitalistas. ¿Puede todo reducirse a la consigna: defensa de las fuerzas productivas nacionales por parte de la clase obrera, lucha contra los monopolios y conquista del aparato del Estado?
El origen de esta situación se encuentra en lo que Guattari denomina «el gran corte leninista» de 1917, que fija, para bien y para mal, las grandes actitudes, los enunciados principales, las iniciativas y los estereotipos, las fantasías y las interpretaciones del movimiento revolucionario. Este corte se presenta como la posibilidad de realizar una verdadera ruptura de la causalidad histórica, «interpretando» la desbandada militar, económica, política y social como una victoria de las masas. En lugar de la necesidad de la sagrada unión del centro-derecha, surgió la posibilidad de la revolución socialista. Pero esta posibilidad no fue asumida más que convirtiendo el partido, que había sido una modesta formación clandestina, en embrión de un aparato de Estado capaz de dirigirlo todo, adoptando una vocación mesiánica y sustituyendo a las masas. De ello se siguen dos consecuencias de mayor o menor alcance. En la medida en que el nuevo Estado se enfrentó a los Estados capitalistas, mantuvo con ellos unas relaciones de fuerza cuyo ideal era una suerte de statu quo lo que había sido la táctica leninista en la fase de la NEP se transformó en la ideología de la coexistencia pacífica y de la rivalidad económica. Esta idea de rivalidad fue ruinosa para el movimiento revolucionario. Por otra parte, en cuanto que el nuevo Estado se hizo cargo del internacionalismo proletario, no pudo desarrollar la economía socialista más que en función de los datos del mercado mundial y con objetivos similares a los del capital internacional, aceptando de buen grado la integración de los partidos comunistas locales en las relaciones de producción capitalistas, siempre en nombre de la defensa, por parte de la clase obrera, de las fuerzas productivas nacionales. En definitiva, no es exacto decir, como los tecnócratas, que las dos clases de regímenes y de Estados convergen en su evolución, pero tampoco lo es afirmar, como Trotski, la existencia de un Estado proletario sano que habría sido pervertido por la burocracia y que podría ser salvado mediante una simple revolución política. En la forma en que el Estado-partido respondía a los Estados-ciudad del capitalismo, incluso mediante relaciones de hostilidad y contraposición, ya todo estaba decidido y traicionado. Lo prueba la debilidad de la creación institucional rusa en todos los dominios, a partir de la precoz liquidación de los Soviets (por ejemplo: al importar fábricas de automóviles completamente montadas se importan también un tipo de relaciones humanas, de funciones tecnológicas, de separación entre trabajo intelectual y trabajo manual y un modo de consumo profundamente extraños al socialismo).
Todo este análisis adquiere sentido en función de la distinción propuesta por Guattari entre grupos sometidos y grupos-sujetos. Los grupos sometidos lo son tanto por los amos de los que se dotan o que aceptan como por sus masas; la jerarquía, la organización vertical o piramidal que les caracteriza está hecha para conjurar toda inscripción posible de sinsentido, de muerte o de explosión, para impedir el desarrollo de cortes creadores, para asegurar mecanismos de autoconservación fundados en la exclusión de los demás grupos; su centralismo opera mediante estructuración, totalización y unificación, sustituyendo las condiciones de una verdadera «enunciación» colectiva por una composición de enunciados estereotipados .separados tanto de lo real como de la subjetividad (y ahí es donde se producen los fenómenos imaginarios de edipización, de super-yoización y de castración de grupo). Los grupos-sujetos, al contrario, se definen por coeficientes de transersalidad que conjuran las totalidades y las jerarquías: son agentes de enunciación, soportes de deseo, elementos de creación institucional; a través de su práctica no cesan de confrontarse con los límites de su propio sinsentido, de su propia muerte o su propia ruptura. E incluso no se trata tanto de dos clases de grupos como de dos vertientes de la institución, ya que un grupo-sujeto siempre corre peligro de dejarse someter, en una crispacion paranoica por la que desea a toda costa mantenerse y eternizarse como sujeto; y a la inversa, «un partido antaño revolucionario y hoy más o menos sometido al orden dominante puede aún ocupar a los ojos de las masas el lugar vacío del sujeto de la historia, convertirse a su pesar en portavoz de un discurso que no es el suyo, aunque lo traicione cuando las relaciones de fuerza comporten un retorno a la normalidad: no por ello dejará de conservar, de forma involuntaria, una potencialidad de corte subjetivo que podrá revelarse en un cambio de contexto» (ejemplo extremo de como los peores arcaísmos pueden llegar a ser revolucionarios: los vascos, los católicos irlandeses, etcétera). Ciertamente, si el problema de las funciones de grupo no se plantea desde el principio, enseguida será demasiado tarde para hacerlo. ¿Cuántos grupúsculos que no alojan sino a unas masas fantasmales tienen ya una estructura de sometimiento, con su dirección, su correa de transmisión y su base, que reproducen en el vacío los errores y perversiones que combaten? La experiencia de Guattari ha atravesado el trotskismo, el entrismo, la oposicion izquierda (la Voie Communisté), el movimiento del 22 de marzo. A lo largo de este camino, el problema sigue siendo el del deseo o el de la subjetividad inconsciente: ¿cómo un grupo puede ser portador de su propio deseo, ponerlo en conexión con los deseos de otros grupos y con los deseos de las masas, cómo puede producir los enunciados creadores correspientes y constituir las condiciones, no de su unificación, sino de una multiplicación propicia a los enunciados de ruptura? La ignorancia y la represion de los fenómenos de deseo inspiran las estructuras de sometimiento y burocratización, el estilo militante hecho de ese amor rencoroso que decide favor de cierto número de enunciados dominantes y excluyentes. La manera constante en que los grupos revolucionarios han traicionado su labor es bien conocida. Proceden por separación, imposición y selección residual separación de una vanguardia a la que se supone el saber; imposición de un proletariado bien disciplinado, organizado, jerarquizado; residuo de un sub-proletariado que se presenta como grupo que hay que excluir o reeducar. Pero esta división tripartita reproduce exactamente las divisiones que la burguesía ha introducido en el proletariado, y sobre las que ha basado su poder en el marco de las relaciones de producción capitalistas. Pretender volverlas contra la burguesía es una lucha perdida de antemano. La tarea revolucionaria es la supresión del proletariado en cuanto tal, es decir, de las distinciones correspondientes entre vanguardia y proletariado, proletariado y lumpenproletariado, la lucha efectiva contra toda operación de separación, de imposición y de selección residual, para dar lugar, al contrario, a posiciones subjetivas y singulares capaces de comunicarse trans-versalmente (Cfr. el texto de Guattari El estudiante, el loco y el katangueño).
Honra a Guattari el haber mostrado que el problema no es en absoluto buscar una alternativa entre el espontaneísmo y el centralismo, entre la guerrilla y la guerra generalizada. De nada sirve hacerse lenguas de un cierto derecho a la espontaneidad en los comienzos para reclamar la exigencia de centralización en una segunda fase: la teoría de las etapas ha sido ruinosa para todo movimiento revolucionario. Hay que ser, desde el principio, más centralista que los centralistas. Es evidente que una máquina revolucionaria no puede conformarse con luchas puntuales y locales: debe ser al mismo tiempo hiper-deseante e hiper-centralizada. El problema es el de la unificación que ha de lograr transversalmente, a través de una multiplicidad y no verticalmente y sofocando esa multiplicidad propia del deseo. Ello significa, en primer lugar, que la unificación ha de ser la de una máquina de guerra, no la de un aparato de Estado (el Ejército Rojo deja de ser una máquina de guerra en la medida en que se convierte en un engranaje más o menos decisivo de un aparato de Estado). En segundo lugar, la unificación debe realizarse mediante el análisis, debe desempeñar el papel de analizador con respecto al deseo de grupo y de masas, y no el de una síntesis que proceda por racionalización, totalización, exclusión, etcétera Distinción entre una máquina de guerra y un aparato de Estado, entre el análisis o el analizador de deseo y las síntesis seudo-racionales y científicas, he ahí las dos grandes líneas que aporta el libro de Guattari, y que señalan para él la tarea teórica que actualmente habría que desarrollar.
Con respecto a esto último, no se trata en verdad de una «aplicación» del psicoanálisis a los fenómenos grupales; tampoco de crear un grupo terapéutico que se ocuparía de «tratar» a las masas; se trata de construir en el grupo las condiciones de un análisis del deseo, ejercido sobre sí mismo y sobre los demás; se trata de seguir los flujos que constituyen las líneas de fuga de la sociedad capitalista, operando rupturas, imponiendo cortes en el seno mismo del determinismo social y de la causalidad histórica: sacar a la luz los agentes colectivos de enunciación capaces de formar los nuevos enunciados de deseo; no constituir una vanguardia, sino grupos adyacentes a los procesos sociales, dedicados únicamente a hacer avanzar una cierta verdad por caminos que jamás seguiría ordinariamente; en suma, una subjetividad revolucionaria con respecto a la cual ya no tenga sentido preguntarse qué es primero, si las determinaciones políticas, las económicas o las libidinales, puesto que atraviesa todos esos órdenes tradicionalmente separados; alcanzar este punto de ruptura en el cual, precisamente, la economía política y la economía libidinal no son más que una sola y la misma. El inconsciente no es otra cosa que este orden de la subjetividad de grupo que introduce máquinas explosivas en las estructuras llamadas significantes y en las cadenas causales, y que las fuerza a abrirse para liberar sus potencialidades ocultas como una realidad futura bajo el efecto de la ruptura. El movimiento del 22 de marzo sigue siendo ejemplar a este respecto, pues aunque fuera insuficiente como máquina de guerra, al menos funcionó admirablemente como grupo analítico y deseante que, no conforme con mantener su discurso al modo de una asociación genuinamente libre, «se constituyó como analizador de una masa considerable de estudiantes y de trabajadores jóvenes» sin pretensión de vanguardia o hegemonía, como un simple soporte que permite la transferencia o el levantamiento de las inhibiciones. Este tipo de análisis en acto, en el cual el análisis y el deseo están finalmente del mismo lado, en el cual el deseo mismo dirige el análisis, es el que caracteriza a los grupos-sujetos, mientras que los grupos sometidos continúan viviendo bajo las leyes de una simple «aplicación» del psicoanalisis en un medio estanco (la familia como continuación del Estado por otros medios). El carácter económico y político de la libido en cuanto tal, el carácter libidinal y sexual del campo político-económico, toda esta deriva de la historia sólo puede descubrirse en el medio abierto por los grupos sujetos, allí donde se erige una verdad. Pues «la verdad no es la teoría ni la organización», no es la estructura ni el significante sino más bien la maquina de guerra y su sinsentido. «Cuando la verdad surge es cuando la teoria y la organización dejan de fastidiar. La autocrítica tienen que hacerla siempre la teoría y la organización, nunca el deseo.»
Esta transformación del psicoanálisis en esquizo-análisis implica una evaluación de la especificidad de la locura. Y éste es uno de los puntos en los que más insiste Guattari, uniéndose a Foucault cuando éste anunciaba que no es la locura lo que va a desaparecer a favor de las enfermedades mentales positivamente determinadas, tratadas, asépticas, sino al contrario desaparecerán las enfermedades mentales en beneficio de algo que aun no hemos comprendido de la locura.3 Pues los verdaderos problemas residen en la psicosis (no en las neurosis de aplicación). Siempre es agradable suscitar las burlas de los positivistas: Guattari no deja de reclamar los derechos de un punto de vista metafísico o trascendental, que consiste en purgar la locura de la enfermedad mental y no al revés: «¿Llegará un día en que se estudiarán con la misma seriedad y el mismo rigor las definiciones de Dios del presidente Schreber o de Antonin Artaud que las de Descartes o Malebranche? ¿Seguiremos durante mucho tiempo perpetuando la escisión entre aquello que sería objeto de una crítica teórica pura y la actividad analítica conreta de las ciencias humanas?». (Y hemos de comprender que las definiciones delirantes son, de hecho, más serias y rigurosas que las definiciones racionales-enfermizas mediante las que los grupos sometidos se remiten a Dios bajo la especie de la razón.) Precisamente el análisis institucional le reprocha a la antipsiquiatría, no solamente su rechazo de la farmacología, no solamente el negar a la institución toda posición revolucionaria, sino sobre todo el de confundir finalmente la alienación mental con la alienación social, suprimiendo así la especificidad de la locura. «Con las mejores intenciones del mundo, morales y políticas, se llega a negar al loco el derecho a estar loco, y el es culpa de la sociedad puede ocultar una forma de reprimir toda desviación. La negación de la institución se convertiría entonces en denegación del hecho singular de la alienación mental.» No es que haya que sostener una suerte de generalidad de la locura, ni invocar una unidad mística del revolucionario y el loco: aunque sin duda es inútil intentar escapar a una crítica que de todas formas se hará. Pero hay que decir que no es que haya que reducir la locura al orden de la generalidad sino lo contrario: el mundo moderno o el conjunto del campo social han de interpretarse también en función de la singularidad del loco en su propia posicion subjetiva. Los militantes revolucionarios no pueden dejar de sentirse concernidos por la delincuencia, la desviación y la locura, y no como educadores o reformadores, sino como quienes no pueden leer más que en espejos el rostro de su propia diferencia. Así lo prueba este fragmento de dialogo con Jean Oury al comienzo de esta compilación: «Hay algo que debería definir a un grupo de militantes en el dominio psiquiátrico: el estar comprometidos en la lucha social, pero también el estar lo suficientente locos como para tener la posibilidad de estar con los locos; aunque muchas personas en el marco político que son incapaces de formar parte de este grupo [...]».
La aportación característica de Guattari a la psicoterapia institucional consiste en cierto número de nociones cuya formación puede seguirse en estas paginas: la distinción de las dos clases de grupos, la oposición entre las fantasias grupales y las individuales, la concepción de la transversalidad. Estas nociones tienen una orientación práctica muy precisa: introducir en la institución una función política militante, constituir una suerte de «monstruo» que ya no es el psicoanálisis, ni la práctica hospitalaria, y menos aún la dinámica de grupo, y que se ha de aplicar sin restricciones: al hospital, a la escuela, en la militancia; una máquina para producir y enunciar el deseo. Por este motivo, Guattari reclama el nombre de «análisis institucional» más que el de «psicoterapia institucional». En el movimiento institucional, tal y como aparece con Tosquelles y Jean Oury, se anunciaba realmente una tercera edad de la psiquiatría: la institución como modelo, más allá de la ley y del contrato. El viejo manicomio estaba regido por la ley represiva, en la medida en que los locos eran considerados «ineptos» y, por ello, excluidos de las relaciones contractuales que ligan a las personas presuntamente razonables; la innovación freudiana consistió en mostrar que, en las familias burguesas y fuera de las fronteras de los manicomios, un amplio grupo de personas llamadas neuróticas podían formar parte de un contrato particular que, con medios originales, las reconducía a las normas de la medicina tradicional (el contrato psicoanalítico como caso particular de la relación contractual de la medicina liberal). El abandono de la hipnosis fue una fase decisiva en esta vía. No creemos que se haya analizado hasta ahora el papel y los efectos de este modelo de contrato al cual está adherido el psicoanálisis, una de cuyas principales consecuencias fue hacer que la psicosis se convirtiera en el horizonte del psicoanálisis como fuente genuina de su material clínico y, sin embargo, fuera excluida del campo contractual. No hay que extrañarse de que la psicoterapia institucional, como lo prueban muchos de los textos que siguen, implique en sus principales propuestas una crítica del contrato llamado liberal tanto como de la ley represiva, que pretendía sustituir por el modelo de la institución. Esta crítica tenía que ampliarse en direcciones muy variadas, puesto que la organización piramidal de los grupos, su sometimiento o su división jerárquica del trabajo se apoyan en relaciones contractuales tanto como en estructuras legalistas. En el primer texto de esta compilación, acerca de las relaciones enfermeros-médicos, Oury interviene para decir: «Hay un racionalismo de la sociedad que es más bien una racionalización de la mala fe, de la canallada. Lo que se ve desde dentro son las relaciones con los locos en los contactos cotidianos a condición de romper cierto «contrato- con lo tradicional. En cierto sentido, puede decirse que saber lo que es estar en contacto con los locos es, al mismo tiempo, ser progresista. [...] Es evidente que los propios términos «enfermero-médico» pertenecen a ese contrato que se ha dicho que había que romper». Hay, en la psicoterapia institucional, una especie de inspiración al estilo de un Saint-Just psiquiatra, en la medida en que Saint-Just definía el régimen republicano como «muchas instituciones y pocas leyes» (y también pocas relaciones contractuales). La psicoterapia institucional fragua su difícil camino entre la antipsiquiatría, que tiende a retornar a formas contractuales desesperadas (Cfr. una reciente entrevista de Laing), y la psiquiatría sectorial, con su control de barrio y su triangulación planificada, que se arriesga a hacer buenos los manicomios que se cerraron antaño (¡los buenos tiempos!).
Aquí plantea Guattari sus propios problemas sobre la naturaleza de los grupos asistentes-asistidos capaces de constituir grupos-sujetos, es decir, de convertir la institución en objeto de una verdadera creación en la cual la locura y la revolución, sin confundirse, se otorguen la una a la otra aquel «rostro de su diferencia» en las posiciones singulares de una subjetividad deseante. Por ejemplo, el análisis de las UTB de La Borde, las unidades terapéuticas de base, en el texto ¿Dónde comienza la psicoterapia de grupo? ¿Cómo conjurar la sumisión en grupos que están ellos mismos sometidos, como aquellos en los que concurre el psicoanálisis tradicional? Y las asociaciones psicoanalíticas, ¿en qué vertiente de la institución están, qué clase de grupo forman? Gran parte del trabajo de Guattari antes de Mayo del 68 consistió en conseguir «que los propios enfermos se hagan cargo de su enfermedad, con el apoyo del conjunto del movimiento estudiantil». Siempre ha habido en Guattari un cierto sueño de sinsentido y de palabra vacía, institucional, contra la ley o el contrato de la palabra plena, un cierto derecho del flujo-esquizo, empeñado en romper las divisiones y los estancamientos jerárquicos y seudo-funcionales: pedagógicos, psiquiátricos, analíticos, militantes. Todos los textos de esta compilación son artículos circunstanciales. Están animados por una doble finalidad: la de su origen en tal o cual giro de la psicoterapia institucional, en tal o cual momento de la vida política militante, en tal o cual aspecto de la Escuela Freudiana y de la enseñanza de Lacan, pero también la de su función, la de su posible funcionamiento en circunstancias distintas de aquellas que fueron su origen. El libro debe considerarse como el montaje o la instalación, aquí y allá, de piezas y engranajes de una máquina. A veces se trata de pequeños engranajes, minuciosos pero desordenados, aunque perfectamente indispensables. Máquina de deseo, es decir, de guerra y de análisis. Por ello podemos destacar dos textos particularmente importantes: un texto teórico en el cual el principio mismo de una máquina se desembaraza de la hipótesis de la estructura y se deshace de los vínculos estructurales {Máquina y estructura), y un texto-esquizo en donde las nociones de «punto signo» y «signo-mancha» se liberan de la hipoteca del significante.